domingo, 18 de febrero de 2007

KUNDALINI (segunda entrega)


Para entender el Pancatattva o Maithuna
El yogi vedanta nunca se cansa de afirmar que el kaivalya, el “aislamiento-integración”, solo puede obtenerse alejándose del atractivo del mundo, causa de nuestras distracciones y adorando con atención concentrada el Brahman-Átman sin forma. Para el tántrico, en cambio -lo mismo que para los normales hijos del mundo- esta idea resulta patológica, como efecto erróneo de cierta enfermedad del intelecto. El verdadero amante de la Diosa no desea meramente buscar la liberación ni siquiera llegar a ella. Porque ¿de qué sirve la salvación si significa absorción? Me gusta comer azúcar -como decía Ramprasad-, pero no tengo deseos de convertirme en azúcar. Que busquen la liberación quienes sufren los inconvenientes del samsara: el devoto perfecto no sufre; porque puede visualizar y experimentar la vida y el universo como la revelación de esa suprema Fuerza divina (Shakti) de la que está enamorado, el Ser divino omnicomprensivo en su aspecto cósmico de juego (lîlâh) sin finalidad, que precipita el dolor tanto como la alegría, pero que en su beatitud trasciende a ambos. Está lleno de la locura sagrada de ese “amor extático” (prema) que transmuta el universo.
Este mundo es una morada de alegría; aquí puedo comer, beber y divertirme.
Artha (la prosperidad), Kama (el cumplimiento de los deseos sensuales), Dharma (la ejecución de los ritos morales y religiosos de la vida cotidiana, aceptando la carga de todos los deberes), y Moksha (la liberación con respecto a todos ellos) son uno solo. La polaridad del Moksha y el trivarga es trascendida y disuelta no solo por la realización introvertida, sino también por el sentimiento vivo. En virtud de su talento de amor por la Diosa misericordiosa, el verdadero devoto descubre que el cuádruple fruto de Artha, Kama, Dharma, y Moksha cae en la palma de su mano.
¡Oh mente, ven, vamos a dar un paseo hacia Kali, el Árbol que hace cumplir los deseos! Y allí, bajo su copa, recojamos los cuatro frutos de la vida. La mente siempre busca a la Hermosa Oscura (Kali). Haz lo que quieras. ¿Quién desea el Nirvana?
Naturalmente, el tantrismo subraya lo sagrado y puro de todas las cosas. Por ello “las cinco cosas prohibidas” (llamadas también “las cinco emes”) constituyen la sustancia del régimen sacramental de ciertos ritos tántricos: vino (madya), carne (mamsa), pescado, (matsya), granos tostados (mudra) y acto sexual (máithuna). La realización no dualista unifica el mundo: hace que sea uno, santo y puro. Todos los seres y cosas son miembros de una sola “familia” (kula) mística. Por lo tanto en los sagrados “círculos” (cakra) tántricos nadie piensa en castas. Los sudra, los descastados y los brahmanes son todos igualmente elegibles para la iniciación, si están espiritualmente capacitados. El aspirante sólo tiene que ser inteligente, controlar sus sentidos, abstenerse de dañar a todo ser, hacer siempre el bien a todos, ser puro, creer en el Veda, ser un no dualista cuya fe y refugio están en Brahman: Un tal está calificado para esta Escritura; de lo contrario no es adepto.
La posición social secular que uno ocupe no tiene ninguna consecuencia dentro de la esfera de la verdadera jerarquía espiritual. Por otra parte, tanto las mujeres como los hombres pueden ser elegidos no solo para recibir la más alta iniciación sino también para conferirla en el papel de guru. Ser iniciado por una mujer es eficaz, serlo por la madre lo es ocho veces más, dice el Yógini Tantra. En contraste con los textos védicos, donde a un sudra le está prohibido hasta escuchar el Veda y donde las mujeres están relegadas a una esfera secundaria (aunque muy alabada y sentimentalizada), en lo que toca a su competencia y aspiración espirituales, los Tantra trascienden los límites de la diferenciación social y biológica.
Sin embargo, no debe suponerse que esta indiferencia a las reglas de casta implica alguna idea de revolución dentro de los límites de la esfera social, como algo distinto de la esfera del progreso espiritual. El iniciado retorna a su puesto en la sociedad, porque allí también se halla la manifestación de la Shakti. El mundo es afirmado tal cual es; no se renuncia a él, como hacen los ascetas; ni se lo corrige, como hacen los reformadores sociales. Como la condición previa para la iniciación es la superación del temor y del deseo y el rito mismo confirma la concepción de que todo es divino, el verdadero amante de la Diosa se contenta con lo que ella le ha otorgado y no critica las propiedades tradicionales del espacio y del tiempo, sino que contempla la divina Potencia, con la cual se identifica esencialmente, en todas las situaciones.
La idea de Dharma es intrínseca al pensamiento indio. El sacramento de las “cinco cosas prohibidas” no abre camino ni al libertinaje ni a la revolución. En el plano de la conciencia del ego, donde uno actúa como miembro individual de la sociedad, sigue prevaleciendo el Dharma de la propia casta y el propio ásrama (las diferentes etapas de la vida védica), y solo alcanza las alturas superiores al Dharma y al Adharma quien ha trascendido la mente, pues en ese estado de elevación no existe el problema de querer gozar beneficios de prácticas ilegales. El rito tántrico del vino, la carne, el pescado, el grano tostado y el acto sexual no se realiza como una diversión quebrantadora de las leyes, sino bajo la prudente supervisión de un guru, en el estado controlado de realización “no dualista” (advaita) y como fiesta culminante de una larga serie de disciplinas espirituales, a través de muchas vidas. La emoción espiritual del adepto es prema: la extática y beatífica bienaventuranza de quien, habiendo trascendido su ego, realiza la identidad trascendente. Al volver al reino fenoménico, desde estas sublimes alturas del supremo conocimiento que aniquila las formas, se ve la diferenciación pero no hay enajenación; no hay tendencia a pedir perdón, porque no hay culpa ni ha habido caída. No hay que reformar el mundo y sus leyes no deben ser desdeñadas. Los diversos planos de manifestación de lo Absoluto pueden ser contemplados con espíritu desapasionado.
Porque todo el espectáculo del universo, sin excepción, es engendrado por el dinamismo de la Maya-Shaki, la potencia de la danza cósmica (lîlâh) de la oscura, terrible y sublime Madre del Mundo, que todo alimenta y todo consume. Los seres del mundo y toda la gama de la experiencia no son más que ondas y estratos de una sola y universal corriente por donde siempre fluye la vida.
Hay un rasgo peculiar y esencial en la afirmación tántrica que la distingue de los seis sistemas ortodoxos védicos; porque el ideal del tantrismo es lograr la iluminación precisamente por medio de esos mismos objetos que los sabios anteriores trataron de desterrar de sus conciencias. El primitivo culto védico, afirmaba el mundo, pero sus ritos eran primordialmente los de los grandes ceremoniales populares y reales en honor de los dioses del macrocosmos; no invitaban a sondear las honduras del microcosmos. Los filósofos del bosque, por otra parte -dedicados a las técnicas introvertidas del jainismo, el Yoga, el Samkhya, el Vedanta y el Hinayana- se esforzaban por reprimir sus impulsos biológicos sometiéndose a una dieta espiritual reductora a fin de vencer el rajas, el tamas y las vasanas (deseos profundamente arraigados en el inconsciente), y cuando de este modo llegaban finalmente más allá del pecado y de la virtud, seguían siendo siempre virtuosos. En realidad, desde el principio habían tenido que desprenderse de la capacidad de pecar, como primer requisito necesario para aproximarse al guru. Pero en el Tantra, aunque la meta es la del yogi meditador (no el poder mundano, como el que buscaban los antiguos sacerdotes brahmánicos que conjuraban las fuerzas del universo, sino la Iluminación, la conciencia Absoluta y la beatitud del Ser trascendental), la forma de aproximarse es la del asentimiento, no la de la negación.
Un principio esencial de la concepción tántrica es el de que el hombre, en general, tiene que elevarse a través y por medio de la naturaleza, no rechazándola. Así como uno cae al suelo -afirma el Kularnava Tantra-, así como también tiene uno que levantarse con ayuda del suelo. El placer del amor, el placer del sentimiento humano, son la gloria de la Diosa en su danza que produce el mundo, la gloria de Shiva y de su Shakti en su eterna realización de la identidad, pero solo tal como se efectúa en el modo inferior de la conciencia del ego. La criatura pasional no tiene más que borrar su sentido del yo, y luego el mismo acto que antes era una obstrucción, se convierte en la marca que lo lleva a la realización de la beatitud absoluta (ananda). Además, esta marea de pasión misma puede ser el agua bautismal que lava y hace desaparecer la conciencia del yo. Siguiendo el método tántrico, el héroe (vira) flota más allá de sí mismo en la corriente excitada pero canalizada. Esto es lo que ha desacreditado el método ante los ojos de la comunidad. Su heroica aceptación, sin sutilezas, de todo el impacto e implicación de la celebración no dual del mundo como Brahman, ha parecido demasiado atrevida y demasiado sensacional a aquellos cuya concepción de la santidad incluye el trascendente reposo del Señor, pero omite el detalle de su teatral misterio (lîlâh) de la creación continua.
Un método correcto no quede excluir el cuerpo, pues el cuerpo es dévata, la forma visible del Brahman en cuanto jiva. “Al Sadhaka [el estudiante tántrico] -escribe Sir John Woodroffe- se le enseña a no pensar que somos idénticos a lo Divino en la Liberación solamente, sino aquí y ahora, en cada acto que realizamos. Porque en verdad que todo eso es Shakti. Es Shiva que como Shakti actúa en y a través del Sadhaka (…) Cuando esto se ha captado en cada función natural, cada ejercicio de ella deja de ser un mero acto animal y se convierte en un rito religioso, en un yajña. Toda función es parte de la Acción divina (Shakti) en la naturaleza. Así, cuando ingiere bebida en forma de vino, el Vira sabe que eso es Tara Dravamayi, es decir, “la Salvadora misma en forma líquida”. Y -se dice- ¿cómo puede hacerle daño al que realmente ve allí a la Madre Salvadora? (…) Cuando el Vira come, bebe o realiza el acto sexual, no lo hace con la idea de ser un individuo que satisface sus propias necesidades limitadas, como un animal que hurta a la naturaleza, por así decir, el gozo que siente, sino pensando que en ese gozo él es Shiva, y diciendo: Sivo’ham, Bháiravo’ham (Yo soy Shiva, yo soy Bhairava).”
De aquí la gran fórmula tántrica (tan diferente de la que utilizaban las primeras disciplinas del Yoga hindú): el yoga (el acto de uncir la conciencia empírica a la conciencia trascendental) y el bhoga (“goce” la experiencia del goce y del sufrimiento de la vida) son lo mismo. El bhoga mismo puede convertirse en un camino del yoga.
Pero se necesita un héroe (vira) para hacer frente, y asimilar, con perfecta ecuanimidad, toda la maravilla de la Creadora del Mundo; para hacer el amor, sin reacciones histéricas, a la Fuerza vital que es la Shakti de su propia naturaleza integral. Las “cinco cosas buenas” (pañcatattva), que son las “cosas prohibidas” de los hombres y mujeres corrientes, sirven de viático sacramental para el que no solo conoce sino siente que la Fuerza cósmica (Shakti) es en esencia él mismo. En el Tantra es posible adorar a la Creadora del Mundo utilizando sus propios procedimientos, pues el coito (máithuna), que constituye su más alto rito sagrado, no se realiza con el espíritu del pasu (el “ganado”, el animal humano del rebaño, que desea, teme y goza de la manera animal y humana usual), sino del vira (“héroe”) que se sabe idéntico a Shiva.
OM, en el Fuego que es el Espíritu (átman) esclarecido por la aspersión del ghee del mérito y del demérito, yo, por el camino del yoga (susumna), siempre sacrifico las funciones de los sentidos, utilizando la mente como cáliz de las ofrendas ¡Aleluya!
Como fruto del rito, pues, nos liberamos de la ilusión, y esta liberación es el más alto don de Kali, la oscura y hermosa Diosa Bailarina del Crematorio.
En los Ágama (escrituras) clásicos del tantrismo se prescriben tres clases de sadhana (practica espiritual), para los diferentes temperamentos. El de las “cinco cosas buenas”, como lo hemos llamado, es para el vira. Mas para el pasu eso mismo constituye “las cinco cosas prohibidas”; y así el término “vino” (madya) se interpreta en este caso como agua de coco, leche o alguna otra “sustancia sustitutiva” (anukalpatattva). Del mismo modo, en lugar de “carne” (mamsa), come granos de trigo, jengibre, sésamo, sal o ajo, y en lugar de “pescado” (matsya), rabanitos, sésamo rojo, másur (una especie de grano), la berenjena blanca y el paniphala (una planta acuática). El “grano tostado” (mudra) en forma de arroz, trigo, etcétera, está permitido, pero en lugar del máithuna se recomienda una sumisión infantil ante la Divina Madre de los Pies de Loto.
El divya, el hombre-dios del más puro sattva, por otra parte, está mucho más allá de la sadhana “sustitutiva” del piadoso cordero, y también de las intrépidas y caballerescas experiencias del héroe. No necesita ninguna clase de imagen externa o sacramento. De aquí que, al retraducir para el divya “las cinco cosas buenas” prescritas, el “vino” (madya) no es ningún líquido, sino el conocimiento embriagador adquirido por el Yoga del Parabrahman, que torna al adorador insensible con respecto al mundo exterior. La ‘carne’ (mamsa) no es pulpa alguna, sino el acto, por el cual el sadhaka refiere todos sus actos a ‘Mí’ (mam), es decir, al Señor (naturalmente, se trata de un juego de palabras). El ‘pescado’ (matsya) es el conocimiento sáttvico en que, por medio del sentido de ‘lo mío’ (juego de palabras en torno a matsya), el adorador simpatiza con el placer y el dolor de todos los seres. Mudra es el acto de abandonar toda asociación con el mal, la que tiene como resultado la esclavitud. Y el ‘coito’ (máithuna) es la unión de la Shakti Kundalini, la ‘mujer interior’ y la fuerza cósmica que reside en el centro inferior (muladhara chakra) del cuerpo del sadhaka, con el Supremo Shiva que reside en el centro superior (sahasrara), en la parte alta del cráneo
Nadevo dévam árcayet
Dévam bhutva dévam yájet
“Nadie que no sea divino puede adorar a la divinidad”
“Habiéndose convertido en la divinidad, uno debe ofrecerle sacrificio”
Gandharva Tantra.
Lo que no es tocado por la séxtuple ola (de corrupción y muerte, hambre y sed, dolor y engaño], lo que es meditado por el corazón del hombre, pero no aprehendido por sus órganos sensoriales, lo que la facultad de intuir (buddhi) no puede conocer, y que es impecable (anavádyam): ese Brahman eres tú; medita sobre esto en tu mente.
Shánkara - VivekaChudamani.

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